PROTECTORES INVISIBLES


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1 PROTECTORES INVISIBLES Charles Webster Leadbeater Traducción de Federico Climent Terrer Biblioteca Orientalista, de Ramón Maynadé, Barcelona (1914) CAPÍTULO PRIMERO Universal creencia en Ellos Una de las más hermosas características de la Teosofía es la de representar a las gentes de un modo más racional las verdades, para ellas realmente provechosas y consoladoras, de las religiones en cuyo seno crecieron y se educaron. Muchos de los que rompieron la crisálida de la fe ciega, y en alas de la razón y del instintivo criterio se remontaron al más elevado nivel de nobilísima y libérrima vida intelectual, echaron de ver, sin embargo, en el proceso de este glorioso aventajamiento, que al renunciar a las creencias de su infancia perdieron la poesía y encanto de la existencia. No obstante, si sus vidas fueron en lo pasado suficientemente buenas para aprovechar por ellas la oportunidad de recibir la benéfica influencia de la Teosofía, muy pronto se percatarán de que no lo perdieron todo, sino que aun ganaron en exceso; que la gloria y la belleza y la poesía resplandecen allí con mayor intensidad de lo que hubiesen podido esperar antes de entonces; y no ya como placentero sueño del que en cualquier tiempo les despierta bruscamente la fría luz de los sentidos orgánicos, sino como verdades de naturaleza investigable, que cuanto mejor comprendidas llegarán a ser más robustas, perfectas y evidentes. Notable ejemplo de esta beneficiosa acción de la Teosofía es la manera cómo el mundo invisible (que antes de anegarnos la ola enorme del materialismo fue considerado como fuente de todo auxilio humano) ha sido restituido por ella a la vida moderna. La Teosofía demuestra que no son meras supersticiones sin significado alguno, sino hechos naturales con fundamento científico, las creencias, consejos y tradiciones 1

2 populares respecto de los trasgos, duendes, gnomos, hadas y espíritus del aire, del agua, de los bosques, montañas y cavernas. A la eterna pregunta de si el hombre vive después de muerto, responde la Teosofía con científica exactitud, y sus enseñanzas acerca de la naturaleza y condiciones de la vida de ultratumba irradian efluvios de luz sobre muchos problemas metafísicos que, por lo menos para el mundo occidental, estaban aprióricamente sumidos en impenetrables tinieblas. Nunca será ocioso repetir que en punto a estas enseñanzas relativas a la inmortalidad del alma ya la vida futura, se coloca la Teosofía en posiciones totalmente distintas de las que ocupan las religiones confesionales; pues no apoya estas profundas verdades en la única autoridad de antiquísimas Escrituras o Libros sagrados, sino que prescindiendo de opiniones ultrapiadosas y especulaciones metafísicas, se atiene a hechos positivos y reales y tan a nuestro alcance como el aire que respiramos o las casas en que vivimos; hechos que muchos de nosotros experimentamos constantemente y que son la cotidiana ocupación de algunos de nuestros estudiantes. Entre las hermosas ideas que la Teosofía nos ha restituido, aparece preeminentemente la de la gran acción auxiliadora de la naturaleza. La creencia en ella ha sido universal desde los albores de la historia, y aun hoy lo es si exceptuamos los estrechos recintos religiosos del protestantismo, que ha desolado y entenebrecido la conciencia de sus fieles con el empeño de negar la natural y verdadera idea de los mediadores, reduciendo toda comunicación espiritual a la directa entre el hombre y la Divinidad, con lo que el concepto de Dios quedó indefinidamente degradado y el hombre sin auxilio. No se necesita mucho esfuerzo de meditación para comprender que la vulgar idea de Providencia, el concepto de una correveidílica intervención entre el Poder central del universo y el resultado de sus propios decretos, supondría parcialidad o privilegio, y, por lo tanto, la interminable serie de males que de ella necesariamente dimanarían. Libre de esta objeción se halla la Teosofía, porque enseña que el hombre sólo recibe auxilio cuando por sus pasadas acciones lo merece, y que aun así, lo recibirá únicamente de los seres en superior cercanía a su nivel psíquico. Esta enseñanza nos conduce a la inmemorial y ya lejana idea de una no interrumpida escala de seres que desde el Mismo Logos desciende hasta el polvo que huellan nuestros pies (1). La existencia de Protectores invisibles ha sido reconocida siempre en Oriente, aunque se les haya designado con diversos nombres y atribuido diferentes caracteres según los países. Aun en Europa dan prueba de esta misma creencia las continuas intervenciones de los dioses en los asuntos humanos, como relatan los historiadores griegos. También la leyenda romana atribuye a Cástor y Polux mediación favorable a las legiones de la naciente república, en la batalla del lago Regilo. Semejantes creencias no desarraigaron al terminar la edad antigua, sino que tuvieron sus legítimas derivaciones en los tiempos medievales, como lo demuestran las apariciones de santos en el momento crítico de las batallas (2) para mudar la suerte de las armas en favor de las huestes cristianas; o asimismo los ángeles de la guarda que en ocasiones salvan a los peregrinos de peligros inevitables sin el celeste auxilio. CAPÍTULO II 2

3 Algunos ejemplos modernos Aun en esta descreída época y entre la vorágine de nuestra novecentista civilización, a despecho de la ciencia dogmática y de la mortífera estultez del protestantismo, puede hallar quienquiera que se tome el trabajo de fijar la atención en ellos, numerosos ejemplos de mediación protectora, inexplicable desde el punto de vista del materialismo. A fin de darle al lector prueba de ello, resumiré brevemente unos cuantos ejemplos de los referidos por escritores veraces, y además otros dos de que adquirí noticia directa. Circunstancia muy atendible en estos recientes ejemplos es que, según parece, la mediación tuvo casi siempre por objeto proteger o salvar a la infancia. Hace pocos años sucedió en Londres un interesante caso relacionado con la salvación de un niño en un terrible incendio que estalló cerca del barrio de Holborn, destruyendo por completo dos casas. Las llamas habían tomado tal incremento antes de advertirse el siniestro, que los bomberos se vieron precisados a dejar que el fuego devorase las casas, convirtiendo todos sus esfuerzos a localizar el incendio y poner en salvo a los moradores. Lograron salvarlos a todos excepto dos: una vieja que murió asfixiada por el humo, antes de que los bomberos pudiesen auxiliarla, y un niño de cinco años de quién nadie se había acordado entre la turbación y pánico que a los inquilinos les causara la voz de fuego. Sin embargo, semejante olvido tenía su fundamento psicológico, porque el niño no habitaba de ordinario en aquella casa, sino que obligada su madre a ir a Colchester para asuntos de familia, lo había confiado aquella noche a la hospitalidad de una parienta suya que era precisamente inquilina de una de las casas incendiadas. Así es, que cuando todos estuvieron en salvo y los edificios envueltos en llamas, se acordó la pobre mujer con espanto del niño cuya guarda le habían confiado. Viéndose impotente de volver a la casa y llegar hasta la alcoba del niño, prorrumpió en desesperado llanto; pero un bombero resolvióse entonces a intentar un supremo esfuerzo, y enterado por la inquilina de la exacta situación de la alcoba, penetró heroicamente por entre aquel infierno de fuego y humo. A los pocos minutos reaparecía con el niño sano y salvo, sin el más leve chamusqueo. El bombero refirió que la alcoba estaba ardiendo y con la mayor parte del suelo hundido, pero que las llamas, contra su natural propensión, retorcían sus lenguas hacia la ventana de modo tal que jamás lo había él notado en su larga experiencia del oficio, dejando enteramente intacto el rincón donde estaba la cama del niño, aunque ya se veían medio quemadas las vigas del techo. Dijo también que había encontrado al niño presa del natural terror, pero que al acercarse a él con serio peligro de su vida (y esto lo declaró el bombero repetidas veces), vió una figura como de ángel «gloriosamente albo y resplandeciente, inclinado sobre la cama en actitud de cubrir al niño con la colcha». Estas últimas fueron sus propias palabras. Añadió después que no había sido víctima de alucinación alguna, porque el ángel estaba rodeado de un nimbo de luz y pudo verle distintamente por unos cuantos segundos, antes de que desapareciese al acercarse el salvador a la cama del niño. Otra circunstancia curiosa de este suceso fue que, aquella misma noche, la madre del niño no pudo conciliar el sueño en su alojamiento de Colchester, viéndose continuamente atormentada por la tenaz idea de que a su hijo le amenazaba una desgracia. Tan persistente fue el presentimiento, que por último se levantó para impetrar fervientemente del Cielo que protegiese al niño y le salvase del peligro que sobre él se cernía. La intervención fue así evidentemente lo que un cristiano llamaría escucha de una plegaria ; pero un teósofo, expresando la misma idea con más científica frase, dirá que el interno desbordamiento del amor maternal constituyó la 3

4 fuerza aprovechada por uno de nuestros protectores invisibles para salvar al niño de espantosa muerte. Otro caso de milagrosa protección a la infancia ocurrió en las riberas del Támesis, cerca de Maidenhead, pocos años antes del ya referido. Esta vez el peligro no provino del fuego, sino del agua. Tres pequeñuelos, que, si mal no recuerdo, vivían en el pueblo de Shottesbrook o cerca de allí, fueron a dar un paseo con su aya por la margen del remolque. De pronto, en una revuelta se les echó encima un caballo que remolcaba una lancha y en la confusión del atropello dos de los niños se adelantaron hacia el lado izquierdo de la soga y tropezando en ella cayeron al río. El barquillero, al percatarse del accidente, se abalanzó con intento de salvarlos, pero asombrado vid que como por milagro flotaban sobre el agua, moviéndose suavemente hacia la orilla. Esto fue lo que el barquillero y el aya presenciaron; pero los niños refirieron acordemente que un hermoso joven de resplandeciente blancura había estado junto a ellos en el agua, sosteniéndolos y guiándolos hacia la orilla. La hija del barquillero, que a los gritos del aya acudió desde su choza, dijo en corroboración del relato de los niños, que también ella había visto como «una hermosa señora» los conducía hacia la orilla. Sin conocer todos los pormenores del caso expuesto, es imposible asegurar qué especie de protector era este ángel, pero la opinión más razonable se inclina a suponerle un ser humano de adelantado perfeccionamiento que actuaba en el plano astral, según veremos más tarde al discurrir sobre este asunto, desde el punto de vista de los protectores con preferencia al de los protegidos. El conocido sacerdote Dr. John Mason Neale, cita un caso en el que se echa de ver más distintamente la acción protectora. Cuenta el reverendo Mason que un hombre recién enviudado fue de visita con sus niños a la casa de campo de un amigo. Era la casa vieja, estaba aislada, y en la planta baja había largos y oscuros corredores por donde los niños acostumbraban a jugar placentera mente al escondite. Pero en aquella ocasión quisieron subir al primer piso con gravedad de personas mayores, y dos de ellos dijeron que, al pasar por uno de loscorredores, se les había aparecido su madre, mandándoles retroceder. Examinado el lugar del suceso, evidencióse que de subir los niños unos cuantos peldaños más, se hubiesen caído a un patio descubierto, interpuesto en su camino. La aparición de su madre los salvó así de una muerte segura. En este ejemplo parece indudable que la misma madre estaba celando todavía por sus hijos desde el plano astral, y que (según ha sucedido en algunos otros casos) su intenso deseo de preservarlos del peligro en que tan descuidadamente iban a perecer, le dio la facultad de manifestarse visible y auditivamente por un instante, a sus hijos; o tal vez sólo la de sugerirles la idea de que la veían y escuchaban. Es posible también que cualquier otro protector, para no amedrentar a los niños, tomase la figura de la madre; pero la hipótesis más racional es atribuir la mediación a los efectos del siempre vigilante amor maternal sutilizado al cruzar los dinteles de la muerte; porque este amor, uno de los más santos y abnegados sentimientos humanos, es también uno de los más persistentes en los planos suprafísicos. No sólo cuida y vela por sus hijos la madre que mora en los niveles inferiores del plano astral, y por consiguiente en roce con la tierra, sino que aun después de remontarse a las celestiales esferas, mantiene sin desmayo el pensamiento en sus hijos, y la opulencia de amor que derrama sobre las imágenes que de ellos forja, constituye un potísimo desbordamiento de fuerza espiritual que fluye sobre sus pequeñuelos, todavía sujetos a las condiciones de este mundo inferior, rodeándolos de vívidos núcleos de bienhechora energía que bien pudieran considerarse 4

5 como verdaderos ángeles de la guarda. Explicación de esto hallará el lector en la página 38 de nuestro sexto manual de Teosofía. No hace muchos años, la hija menor de un obispo anglicano salid a pasear con su madre por las calles de la ciudad en donde vivían, y al cruzar inadvertidamente de una a otra acera, la niña fue atropellada por los caballos de un carruaje que embocaba por la esquina. Viéndola su madre entre las patas de los animales, abalanzóse con el natural temor de que hubiese recibido grave daño; pero la niña se levantó ilesa del suelo, diciendo: «Oh mamá! No me he hecho daño, porque un alguien, vestido de blanco, evitó que los caballos me pateasen, ahuyentando de mí todo temor.» Un caso ocurrido en el condado de Buckingham cerca de Burnham Beeches es notable por haber persistido durante bastante tiempo la manifestación física del auxilio espiritual. En los ejemplos anteriores, la intervención fue de pocos momentos, mientras que en el que vamos a referir duró el fenómeno más de media hora. Dos niños de un modesto colono se quedaron a jugar en la solana mientras que sus padres y los mozos de labranza estaban en el campo ocupados en las faenas de la recolección. Los chicuelos, ansiosos de corretear por el bosque, se alejaron demasiado de la casa y no dieron con el camino de vuelta. Cuando los fatigados padres regresaron al oscurecer, echaron de menos a los niños, y después de buscarlos infructuosamente por las casas vecinas, enviaron a los jornaleros en pesquisas por distintas direcciones. Sin embargo, toda la exploración resultó inútil, volviéndose al cortijo con afligido semblante; pero entonces vieron a lo lejos una luz extraña que se movía lentamente a través de los campos lindantes con la carretera. La luz tenía la forma de una esfera de hermoso color dorado, enteramente diferente de la de los relámpagos, permitiendo distinguir a los dos niños que todavía correteaban por el campo iluminado por la prodigiosa claridad. Los padres y sus criados acudieron inmediatamente al paraje indicado, persistiendo la luz hasta que, reunidos con los niños extraviados, se desvaneció en tenebrosa oscuridad. Lo sucedido fue que al llegar la noche y viéndose perdidos, erraron los niños por el bosque después de pedir socorro a gritos durante algún tiempo, hasta que al fin el sueño los rindió al pie de un árbol. Luego, según ellos mismos dijeron, los despertó una hermosísima señora que llevaba una lámpara y que, cogiéndolos de la mano, los iba encaminando a casa cuando sus padres los encontraron. Por más que los niños dirigieron algunas preguntas a la aparición, ésta no hizo más que sonreír sin pronunciar palabra. Los dos niños demostraron tal convencimiento en el relato, que no hubo medio de quebrantar su fe en lo que habían visto. Digno de mención es, sin embargo, que aunque todos los circunstantes vieron la luz y pudieron distinguir perfectamente los árboles y plantas que caían dentro del círculo de iluminación, para ninguno de ellos, sino para los niños, fue visible la aparición. CAPÍTULO III Experiencia propia Los ejemplos relatados son bastante conocidos y quienquiera puede leerlos en los libros en que se publicaron y particularmente en el del Dr. Lee titulado: Más vislumbres del Mundo invisible; pero los que ahora voy a referir no son del dominio público ni se han editado antes de ahora, habiéndome sucedido uno de los casos a mí mismo y el otro a un querido compañero en creencias y eminente miembro de la Sociedad Teosófica, cuyo escrupuloso espíritu de observación desvanece la más ligera sombra de duda. El caso que personalmente me atañe es muy sencillo, aunque no de poca monta para mí, 5

6 puesto que en él salvé la vida. En noche de borrasca iba yo por una de las calles adyacentes a Westbourne Grove, forcejeando por mantener abierto el paraguas contra las violentas ráfagas de viento que a cada instante amenazaban arrebatármelo de las manos, sin que este esfuerzo físico me distrajera de pensar en los pormenores de un trabajo literario que ya tenía comenzado. De pronto sobrecogióme el sonido de una voz muy conocida, la de un maestro in do que gritó a mi oído: «Retrocede». Rápido como el pensamiento, obedeciendo casi maquinalmente al aviso, me eché hacia atrás, y con la violencia del movimiento se me escapó el paraguas, al mismo tiempo que cuatro pasos más allá del sitio en que estaba, es decir, en el mismo punto por donde yo hubiera pasado en aquel instante de no advertirme la voz, se estrellaba contra el pavimento de la calle un enorme sombrerete de chimenea. El mucho peso de este artefacto y la velocidad propia de su caída, bastaran seguramente a dejarme en el sitio si de tan prodigioso modo no me advierte del peligro la voz del maestro. Por la calle no pasaba nadie, y el indo cuya conocida voz había oído, estaba a siete mil millas de distancia por lo que atañe al cuerpo físico. No fue esta la única ocasión en que recibí supranormal auxilio. En mis mocedades, mucho antes de fundarse la Sociedad Teosófica, la aparición de una persona amada y recientemente fallecida, me impidió cometer un acto que ahora considero delictuoso y que entonces me parecía no sólo justo, sino loable y necesario. En fecha más reciente, pero anterior también a la fundación de la Sociedad Teosófica, una advertencia recibida de elevadas esferas en muy emocionantes circunstancias, me incitó a aconsejar a un amigo que no siguiera por el camino emprendido, cuyo término, según ahora veo, hubiera sido desastroso, aunque entonces no tenía yo motivo racional para ni siquiera suponerlo. Véase, pues, cómo apoyo en no escaso caudal de experiencia propia mi firmísima fe en la existencia de protectores invisibles, aun prescindiendo de cuanto sé respecto al auxilio que continuamente están prestando en nuestros días. El otro caso es mucho más sorprendente. Una de nuestras consocias, que me permite relatar el sucedido bajo condición de no citar su nombre, hallóse cierta vez en serio peligro. Por circunstancias que es ocioso referir, vióse envuelta en una refriega callejera y acometida por varios hombres con intención de derribarla al suelo, de modo que parecía completamente imposible escapar con vida del lance. Súbitamente experimentó una extraña sensación, como si la arrebatasen de entre la contienda, y hallóse completamente sola y salva en una callejuela paralela a la en donde ocurría el disturbio, cuyo rumor escuchaba distintamente. Absorta en el pensamiento de lo que le había sucedido estaba la señora, cuando irrumpieron en la callejuela dos o tres hombres escapados de la pelea, quienes, al verla, demostraron gran asombro y mucho placer, diciendo que, al notar la desaparición de la valerosa dama de en medio de la refriega, creyeron que verdaderamente la habían derribado al suelo. No pudo la señora tener ulterior explicación del suceso y regresó confusa a su casa; pero al referírselo algún tiempo más tarde a la señora Blavatsky le dijo ésta que un Maestro habría enviado adrede a alguien para protegerla, en consideración a que por su karma estaba destinada a librarse de aquel peligro y emplear su vida en obras meritorias. De todos modos, el caso es realmente extraordinario, no sólo por el gran poder ejercido, sino por la prodigiosa manera de ejercerlo. No es difícil suponer el modus operandi. La señora hubo de ser levantada en vilo por encima de las casas y colocada instantáneamente de pie sobre el pavimiento de la calle paralela; pero como su cuerpo físico no fue visible durante el transporte aéreo, es de suponer que lo cubriera un velo de materia etérea. Podrá objetarse que lo que oculta un cuerpo físico ha de ser también substancia física y por lo tanto visible; pero a esto replicaremos diciendo que, por un 6

7 procedimiento muy familiar a los estudiantes de ocultismo, es posible desviar curvilineamente los rayos de luz (que, según las leyes hasta hoy conocidas por la ciencia, solo se emiten en línea recta, excepto cuando se refractan), de modo que después de pasar alrededor de un objeto, vuelvan a proseguir exactamente su primitiva dirección. De esto se infiere que, en semejantes condiciones, será un objeto absolutamente invisible para la mirada física hasta que los rayos lumínicos se restituyan a su normal trayectoria. Estoy completamente convencido de que bastará esta sola hipótesis para que los actuales hombres de ciencia diputen por absurda mi esplicación; pero yo me limito a exponer una posibilidad natural que sin duda descubrirá la ciencia del porvenir, y quienes no sean estudiantes de ocultismo deben esperar hasta entonces la corroboración de mi teoría. Como he dicho, el procedimiento será de fácil comprensión para quienes conozcan una mínima parte de las ocultas fuerzas de la naturaleza; pero el hecho es eminentemente dramático, y si me fuera lícito publicar el nombre de la protagonista, tendrían los lectores una fianza cierta de veracidad. Sin embargo, estos casos referentes a lo que comúnmente se llama mediación angélica, solo dan incompleta muestra de la actividad de nuestros protectores invisibles. Pero antes de considerar otras actualizaciones de su labor interventora, conviene que tengamos exacta idea de los diversos órdenes de entidades a que pueden pertenecer estos protectores. CAPÍTULO IV Los Protectores Varias de las muchas clases de habitantes del plano astral pueden concedernos su protección, que de este modo procederá alternativamente de los devas, de los espíritus elementales o de aquellos a quienes llamamos muertos, así como también de los que en vida actúan conscientemente en el plano astral, sobre todo los Adeptos y sus adoctrinados. Pero si examinamos la cuestión más detenidamente, veremos que aunque todos los referidos órdenes puedan tomar, y algunas veces tomen, parte en las tareas protectoras, es tan inalícuota su participación en ellas, que casi debemos comprenderlos en una sola clase. El hecho indudable de que esta obra de protección se realiza desde el plano astral o más allá de él, entraña en si mismo toda explicación. Quienquiera que tenga idea, siquier débil, de lo que son las fuerzas sometidas a la voluntad de un Adepto, comprenderá que si éste funcionase en el plano astral, le fuera necesario malgastar tanta energía como si un físico eminente desperdiciara el tiempo en machacar la grava de un camino. La obra del Adepto tiene su ambiente en elevadas esferas y con más solencia en el nivel arúpico del plano devachánico o mundo celeste, desde donde, enfocando sus energías, puede influir en la verdadera individualidad del hombre y no únicamente en la personalidad, que fuera el solo fin asequible en los planos astral y físico. El vigor que el Adepto explaya en aquel excelso reino, produce resultados mucho mayores, más trascendentes y duraderos que los que pudiera alcanzar desplegando décuple fuerza en los planos inferiores. El trabajo elevado es el único que puede realizar cumplidamente, mientras que el comenzado fuera de su propia esfera, han de terminarlo aquellos que huellan los primeros peldaños de la celestial escala por la que algún día ascenderán a las alturas en donde el Adepto mora. La misma consideración es aplicable al caso del deva, cuya labor parece que no tenga en su mayor parte relación alguna con la humanidad, a causa de que pertenecen a un 7

8 empíreo de naturaleza mucho más elevada que el nuestro; y aun aquellos de entre sus varios órdenes, que a veces se compadecen de nuestras miserias y responden a nuestras impetraciones, antes actúan para ello en el plano mental o devachánico que en los astral y físico, prefiriendo para ello los períodos entre las encarnaciones, a los de las vidas terrenas. Conviene recordar que algunos de estos casos de protección supranormal fueron observados durante las investigaciones acerca de los niveles del plano devachánico, emprendidas cuando estaba en preparación el Manual Teosófico concerniente a la materia. Entre los casos observados, vale citar el de un corista, a quien un deva le enseñó un canto celeste de maravillosa melodía; y el de un astrónomo a quien otro deva de distinta categoría que el del primer caso, ayudó en sus empeñados estudios sobre la forma y estructura del universo. Estos dos ejemplos son muestra de los muchos casos en que del vasto empíreo de los devas fluyeron auxilios para el progreso de la evolución humana y respuestas a las aspiraciones del hombre después de la muerte. Por otra parte, medios hay de conseguir que estos elevados seres se acerquen a nosotros y nos comuniquen infinidad de conocimientos, si bien lograríamos más prontamente este interloquio alzándonos a su plano, que invocándolos para que desciendan hasta nosotros. El deva interviene muy raras veces en los sucesos ordinarios de nuestra vida mortal, pues está tan plenamente ocupado en las sublimes tareas de su propio plano, que con dificultad se da cuenta de lo que sucede en el físico; y aunque a veces se llegue a percatar de alguna aflicción o miseria humana que excite su piedad y le incite a conceder su auxilio en algún modo, reconoce previsoramente que en el actual periodo de evolución produciría semejante auxilio muchísimos más males que bienes en la inmensa mayoría de los casos. Indudablemente, hubo una época en la infancia de la humanidad, durante la cual recibieron los hombres más frecuentes protección del cielo que en nuestros días. Los Budas y Manús de entonces, y aun los maestros y guías menores, procedían de la cohorte de los devas o de la perfeccionada humanidad de otro planeta más adelantado, debiendo tan excelsos seres dar al hombre la protección de que tratamos. Pero, según progrese el hombre, llegará a ser por si mismo apto para actuar de protector, primero en el plano físico y después en los más elevados; y alcanzando entonces la humanidad el grado de perfeccionamiento en que pueda proveer y prever por sí misma, esos protectores invisibles quedarán libres para cumplir las más útiles y elevadas tareas de que sean capaces. De esta manera se comprende que la protección a que nos referimos provenga precisamente de hombres y mujeres sitos en cierto grado de su evolución, pero no de los Adeptos cuya aptitud se aplica a más provechosas y trascendentales obras, ni de los ordinarios seres carecientes de cierto desarrollo espiritual que no fueran capaces de utilizar. Tal como debíamos inferir de estas consideraciones, vemos que la acción protectora en el plano astral y en los mentales inferiores, pertenece principalmente a los aleccionados por los Maestros, a hombres que, todavía distantes del Adeptado, se han desenvuelto hasta el punto de actuar conscientemente en dichos planos. Algunos de ellos alcanzaron el último peldaño que sirve de eslabón entre la conciencia física y la de más altos niveles, teniendo por lo tanto la indudable ventaja de recordar en estado de vigilia lo que hicieron y aprendieron en otros mundos; pero también hay muchos que aún cuando incapaces de dilatar su conciencia hasta el punto de conservarla 8

9 constantemente, no por eso desperdician las horas en que ellos creen que duermen, sino que las emplean en nobles y altruistas obras en provecho del prójimo. Antes de considerar lo que estas obras sean, examinemos una objeción muy frecuentemente suscitada con respecto a ellas, tratando al mismo tiempo de los raros casos en que los agentes protectores son ya espíritus elementales, y a hombres que lograron separarse de su cuerpo físico. Las gentes con escaso e incompleto caudal de conocimientos teosóficos, dudan a menudo de si les será permitido auxiliar a quienes estén en aflicción o trabajo, por recelo de que su auxilio quebrante el destino decretado en suprema justicia por la eterna ley del karma. Dicen ellos: «Tal hombre se halla en tal estado, porque lo merece. Sufre actualmente las naturales consecuencias de alguna falta cometida anteriormente: qué derecho tengo de perturbar la acción de la gran ley cósmica, con mi intento de mejorar su situación, ya sea en el plano astral, ya en el físico?» Los que de este modo arguyen, exponen inconscientemente un concepto monstruoso, porque su proposición implica dos extravagantes presunciones: primera, que saben perfectamente lo que es el karma de otro hombre y por cuanto tiempo han de durar sus sufrimientos; y segunda, que ellos, los insectos de un día pueden preinterpretar en absoluto la ley cósmica e impedir por la acción de ellos el debido cumplimiento del karma. Podemos estar muy seguros de que las grandes divinidades kármicas son perfectamente capaces de obrar sin nuestro auxilio, y no hemos de temer que cualquier determinación que tomemos les ocasione la más leve dificultad o embarazo. Si el karma de un hombre fuese tal que no permitiera auxiliarle, entonces todos nuestros esfuerzos, por bien dirigidos que estuviesen, serán inútiles aunque con ello pudiéramos obtener un buen karma para nosotros mismos. Lo que el karma de un hombre pueda ser, no es cuenta nuestra y debemos, por lo tanto, ayudarle con todo ahínco. La acción auxiliadora nos pertenece; pero los resultados están en otras y más excelsas manos. Cómo podemos saber el estado en que se halla la cuenta espiritual de un hombre? Tal vez en aquel punto acaba de terminar su karma penoso y se halla en el verdaderamente crítico de necesitar protección que le ayuda a sobreponerse a sus angustias; por qué no hemos de tener nosotros, en vez de otros, el placer y la prelación de llevar a cabo tan buena obra? Si podemos protegerle, esta sola posibilidad nos demuestra por sí misma que merece protección; pero si no lo intentamos, jamás lo conoceremos. En todo caso se cumplirá la ley de karma con nuestra mediación o sin ella, y, por lo tanto, no debemos conturbarnos en este punto. Pocos son los casos en que la protección dimana de los espíritus elementales. La mayoría de estos seres se alejan de los lugares frecuentados por los hombres, para evitar el disgusto que les produce el ruido y desasosiego peculiares a los sitios en que mora el hombre. Por otra parte, a excepción de los de más elevada categoría, son generalmente inconstantes e irrefiexivos, pareciéndose más bien a chiquillos que juegan deleitosamente en buen estado de salud, que a entes graves y reposados. Puede suceder a veces, que alguno de ellos se adhiera a un ser humano y le proteja en ciertos casos; pero en el actual estado de la evolución de esos espíritus elementales, lógico es deducir que de ningún modo cooperan a la obra de los protectores invisibles. Para el más detenido estudio de los espíritus elementales remitimos al lector a nuestro quinto Manual de Teosofía. La protección puede provenir en ocasiones de los recién fallecidos que todavía limbean en el plano astral y siguen en contacto mediato con los sucesos terrestres, como probablemente tuvo efecto en el referido caso de la madre que salvó a sus hijos del precipicio. Sin embargo, fácilmente se comprende que han de ser muy raros los casos de esta especie de protección, pues por abnegada y caritativa que sea una persona, lo más 9

10 probable es que, después de la muerte, se entretenga con plena conciencia en los niveles inferiores del plano astral desde los cuales es más accesible la tierra. En todo caso, a menos que fuese un malvado impenitente, estará en el reino desde donde toda mediación habrá de ser relativamente corta; y aunque desde el mundo celeste pueda todavía derramar su benéfico influjo sobre aquellos a quienes amó en la tierra, más bien tendrá este influjo carácter de bendición general que de fuerza capaz de determinar definitivos resultados en casos particulares como los que hemos considerado. Por otra parte, muchos de los idos que desean proteger a los aquí quedados, se ven completamente incapaces de dispensarles su protección en modo alguno, porque para actuar desde un plano sobre un ser sito en otro, es necesario que el último tenga exquisita sensibilidad o que el primero sea suficientemente instruido y hábil. Sin embargo, aunque ocurran apariciones momentáneas de recién fallecidos, es raro el caso en que hayan tenido utilidad o éxito en la intención que el aparecido llevaba sobre el pariente o amigo a quien se apareció. Naturalmente, hay algunos casos en que podemos comunicarnos; pero son los menos en comparación con el gran número de apariciones. Así que en vez de recibir nosotros protección de los muertos, sucede más comúnmente que sean ellos quienes estén necesitados de auxilio más bien que en disposición de prestárselo a otros. Por lo tanto, la principal parte de la acción correspondiente a esta esfera pertenece a las personas que en vida son capaces de funcionar conscientemente en el plano astral. CAPÍTULO V Realidad de la vida suprafísica A quienes solo estén acostumbrados a las vulgares y un tanto materialistas ideas del siglo, les parecerá difícil el realizar la condición de plena conciencia fuera del cuerpo físico. Todo cristiano, cualquiera que sea su secta, está obligado a creer en la existencia del alma; pero si le indicamos la posibilidad de que esta alma pueda tener realidad visible fuera del cuerpo, bajo determinadas condiciones, el noventa por ciento responderán desdeñosamente diciendo que no creen en almas, porque semejante idea es tan sólo una reminiscencia de las vanas supersticiones medievales. Si no obstante apreciáramos tan sólo en mínima parte la obra de las cohortes de protectores invisibles y aprendiéramos a corresponder a ella, nos libraríamos de las trabas opuestas por las ideas dominantes en este punto y trataríamos de alcanzar la gran verdad (ya evidente para muchos de nosotros) de que el cuerpo físico es sencillamente el vehículo o vestidura del hombre real. El cuerpo se desecha para siempre al morir; pero también puede dejarse temporalmente cada noche durante el sueño; porque dormir no es otra cosa que actuar el verdadero hombre en su cuerpo astral, fuera del físico. Vuelvo a repetir que esto no es mera suposición ni tampoco ingeniosa hipótesis. Muchos de nosotros somos capaces de realizar cotidianamente, con plena conciencia, este acto de magia elemental, pasando a voluntad de uno a otro plano. Es evidente que a quienes tal realizan, debe de parecerles grotescamente absurda la irreflexiva afirmación de que es completamente imposible realizarlo. Sucede en esto lo mismo que si le dijésemos a un hombre que es imposible que se quede dormido, y que si cree dormir es porque está alucinado. Ahora bien: el hombre que todavía no ha desenvuelto el eslabón entre las conciencias física y astral, es incapaz de salir voluntariamente de su denso cuerpo orgánico, o por lo menos de recordar lo que le ha sucedido fuera de él; pero no obstante, cierto es el hecho 10

11 de que lo abandona cada vez que duerme y que los clarividentes pueden notar la presencia del espíritu flotante sobre el cuerpo o vagando en torno de él a mayor o menor distancia según el caso. El espíritu que carece de todo grado de desenvolvimiento, permanece comúnmente flotando informe muy cerca de su cuerpo físico, poco menos dormido que éste, como entresoñoliento, no siendo posible apartarlo de la inmediata vecindad del cuerpo físico, sin riesgo de producir una turbación que lo despierte. Según evoluciona el hombre, su cuerpo astral va definiéndose con mayor conciencia y llega a ser su más cómodo vehículo. En las personas instruidas y cultas es ya muy considerable el grado de conciencia, y por poco desarrollo espiritual que un hombre tenga, se halla tan en sí mismo en el cuerpo astral como en el físico. Pero aunque durante el sueño sea plenamente consciente en el plano astral y capaz de moverse en él a su albedrío, no infiere aún que está en disposición de sumarse a la cohorte de protectores. Muchos de los que se hallan en aquella situación psíquica, están de tal modo aferrados a su círculo de pensamientos (generalmente continuación de los iniciados en las horas de vigilia), que se parecen a los hombres cuya atención, abstraída en un solo ensueño, los separa de cuanto sucede alrededor. En cierto modo conviene que así sea, porque en el plano astral hay no algo, sino mucho espantoso y amedrentable para quien carece del valor proveniente del pleno conocimiento de la verdadera naturaleza de cuanto pueda ver. Algunas veces llega el hombre a salir gradualmente por sí mismo de esta inferior condición y despierta en el mundo astral, viéndolo tal como es; pero por lo común permanece en estado de soñolencia, hasta que algún activo le coge por la mano y lo despierta. Sin embargo, no debe tomarse muy a la ligera esta responsabilidad, porque si es relativamente fácil lograr que un dormido despierte en el plano astral, no hay medio práctico de restituirlo al estado de sueño físico sino por la nociva acción de la influencia mesmérica. Así es que antes de que un activo despierte a un dormido, debe aquel estar plenamente convencido de que éste se halla en disposición de dar buen empleo al sobreañadido poder que ha de ponerse en sus manos, y también de que sus conocimientos y su valor son fianza de que ningún daño ha de sobrevenirle como resultado de su acción. Este despertar así realizado, pondrá al hombre en potencia de unirse, si quiere, a la cohorte de los protectores de la humanidad; pero hemos de tener muy en cuenta que esto no implica necesaria ni aun contingentemente la facultad de recordar durante la vigilia lo que se hizo en el sueño. Esta facultad ha de adquirirla el hombre por sí mismo, y en la mayor parte de los casos no llega a poseerla hasta años después y quizá ni en toda la vida. Felizmente, este vacío de memoria cerebral no impide en modo alguno la acción fuera del cuerpo físico; así es que ello sólo tiene importancia para la satisfacción de que un hombre conozca en vigilia las obras en que se empleó durante el sueño. Lo verdaderamente importante es que la obra se realice aunque no la recordemos. 11

12 CAPÍTULO VI Intervención oportuna A pesar de su variedad, toda actuación en el plano astral converge a impulsar, si bien en débil grado, el proceso evolutivo de la raza. Ocasionalmente se relaciona con el desenvolvimiento de los mundos inferiores, que es posible acelerar ligeramente bajo determinadas condiciones. Nuestros preceptores Adeptos reconocen distintamente un deber hacia los mundos elemental, vegetal y animal, cuyo progreso en algunos casos sólo se efectúa por medio de sus relaciones con el hombre. Pero naturalmente, la mayor y más importante parte de esta acción está relacionada, de uno u otro modo, con el género humano. Los servicios prestados son de muchas y varias clases, aunque principalmente concernientes al desarrollo espiritual del hombre, pues como al principio dijimos, son rarísimas las mediaciones con objeto material. No obstante, pueden suceder ocasionalmente, y por más que mi deseo fuera mostrar la posibilidad de prestar auxilio mental y moral a nuestros prójimos, tal vez convenga exponer dos o tres ejemplos en que amigos míos auxiliaron materialmente a quienes estaban en extrema necesidad, a fin de ver por esos ejemplos, cómo concuerda la experiencia de los protectores con el relato de los protegidos. Estos ejemplos pertenecen al orden de los que comúnmente se llaman «sucesos providenciales». Durante la última sublevación de los matabeles, uno de nuestros consocios fue enviado en comisión de salvamento, lo cual, dicho sea de paso, puede servir como una muestra de los medios de ejercer protección sobre este mundo inferior. Según parece, cierto labriego y su familia, habitantes en aquel país, estaban una noche durmiendo tranquilamente en imaginada seguridad y del todo ajenos a que, cerca de allí, implacables hordas de salvajes enemigos estaban emboscados ideando infernales arterías de muerte y depredación. Nuestro consocio llevaba el encargo de infundir en la dormida familia el sentimiento del terrible peligro que tan inadvertidamente la amenazaba, pero no veía manera fácil de cumplirlo. Inútilmente trató de suscitar en el cerebro del colono la idea del inminente peligro, y como la urgencia del caso requería medidas extremas, resolvió nuestro amigo materializarse lo suficiente para sacudir por el brazo a la esposa del labriego e incitarla a levantarse y mirar en torno. Desvanecióse nuestro amigo en cuanto vió que había logrado su intento, y la mujer del labriego ignora todavía quién de sus vecinos la despertara tan oportunamente para salvar la vida de toda la familia que, sin aquella misteriosa intervención, hubiera sido asesinada en sus camas hora y media más tarde. No comprende aún la buena mujer cómo el compasivo vecino pudo protegerla en aquella ocasión, estando cuidadosamente atrancadas todas las puertas y ventanas de la granja. Al verse tan bruscamente despertada, creyó la labriega que había soñado. Sin embargo, se levantó de la cama y exploró la granja para convencerse de que todo estaba en su sitio, siendo gran fortuna el que así lo hiciese, pues si bien nada notó de anormal en la puertas, echó de ver, en el momento de abrir un postigo, que el cielo estaba enrojecido por efecto de un lejano incendio. Despertó entonces a su marido y familia, pudiendo refugiarse, gracias a este oportuno aviso, en el poblado próximo, a donde llegaron en el preciso momento en que los salvajes arrasaban los campos y destruían la granja, aunque contrariados por no hallar la presa humana que esperaban. Puede el lector imaginarse la emoción que experimentaría nuestro consocio, al leer algún tiempo después en los periódicos la providencial salvación de aquella familia. 12

13 CAPÍTULO VII Historia de un Ángel Otro caso de intervención en el plano físico ocurrió hace poco tiempo, aunque esta vez solo tuvo por objeto la salvación de una vida humana. Pero digamos antes unas cuantas palabras a modo de preliminar. En la cohorte de protectores que planea sobre Europa, hay dos que fueron hermanos en el antiguo Egipto y que todavía están estrechamente ligados uno a otro. En su actual encarnación hay entre ellos mucha diferencia de edad, pues mientras uno promedia la vida, el otro es aún niño por lo concerniente al cuerpo físico, aunque un ego de considerable perfeccionamiento y grandes esperanzas. Naturalmente, corresponde al mayor conducir y guiar al menor en la oculta tarea a que tan cordialmente se entregan, y como ambos son plenamente conscientes y activos en el plano astral, emplean la mayor parte del tiempo, durante el sueño de sus cuerpos físicos, en trabajar bajo la dirección de su común Maestro, dando a vivos y muertos toda la protección de que son capaces. Supliré la relación pormenorizada del caso con la copia de una carta escrita por el mayor al menor; inmediatamente después del sucedido, pues la descripción que se da en ella es más viva y pintoresca que el relato que pudiera hacer un tercero. «Buscábamos nueva labor cuando de pronto exclamó Cirilo: «Qué es eso?» Habíamos oído un terrible grito de angustioso horror. En un instante nos trasladamos al lugar de donde partiera y vimos un niño de once a doce años que se había caído de una peña y estaba muy mal parado con una pierna y un brazo rotos; y lo que todavía era peor, con una horrenda herida en el muslo, por la que salía la sangre a borbotones. Cirilo exclamó: «Déjamelo curar en seguida, porque si no va a morir».»en circunstancias semejantes es necesaria la rapidez de pensamiento. Dos cosas era posible hacer: cortar la hemorragia y procurar asistencia médica. Para ello era preciso que yo o Cirilo nos materializáramos, porque teníamos necesidad de manos físicas, no solo para atar las vendas, sino además para que el infeliz muchacho viese a alguien junto a él en tal peripecia. Yo conocía que si por una parte estaría el herido más a su gusto con Cirilo que conmigo, por otra sospechaba que me sería más fácil a mí que a Cirilo el prestarle auxilio. La división de la tarea era evidente.»el plan se realizó a la perfección. Materialicé a Cirilo instantáneamente (pues él no sabía aún efectuarlo por sí mismo) y le sugerí la idea de que tomase el pañuelo que el herido llevaba al cuello y se lo atara vendado al muslo con dos vueltas. «No le haré sufrir terriblemente?», repuso Cirilo; pero hizo lo que yo le ordenaba y se contuvo la hemorragia. El herido parecía medio inconsciente y apenas podía balbucir palabra; pero contemplaba en su mutismo la refulgente aparición que sobre él se inclinaba y preguntó: «Sóis un ángel, señor mío?" Cirilo sonrió levemente y respondió: «No; soy un niño que ha venido en tu auxilio.» Entonces dejé que le consolase y me fui en busca de la madre del niño, que vivía a una milla de distancia.»no puedes imaginarte el trabajo que me costó infundir en aquella mujer la idea de que sucedía una desgracia y persuadirla a inquirir cuál pudiera ser. Por fin dió de mano al utensilio de cocina que estaba limpiando y exclamó en alta voz: «Ay! No sé que me pasa, pero siento como si me excitaran a ir en busca del chico.» Ya puesta en sobresalto, pude guiarla sin gran dificultad, por más que al mismo tiempo tenía que sostener la materialización de Cirilo con mi fuerza de voluntad, a fin de que no se desvaneciera la visión angélica a los ojos del herido. 13

14 »Tú sabes que al materializar una forma mudamos la materia de un estado en otro transitoriamente opuesto, por decirlo así, a la ley cósmica; y que si distraes de ello la atención por medio segundo, vuelve a su prístina condición con la instantaneidad del relámpago. Así yo no podía atender sino a medias a la mujer; más no obstante la conduje como pude, y apenas llegó al pié de la peña, hice que desapareciera Cirilo, no sin que ella pudiese verlo, y desde entonces tiene la aldea entre sus más hermosas tradiciones la de la mediación de un ángel en aquel memorable suceso.»ocurrió el accidente por la mañana temprano, y aquella misma tarde observé desde el plano astral lo que sucedía en casa del lisiado. El pobre niño yacía en la cama muy pálido y débil con los rotos huesos de pierna y brazo ya en su sitio y vendada la ancha herida, pero con seguro pronóstico de recobrar la salud. Junto a él estaban la madre y gran golpe de vecinos a quienes ella refería el caso de modo que por conseja tomara la relación quien conociese la verdad de los hechos.»en atropellada frase explicó ella como había tenido la presunción de la desgracia por la idea que de repente le sobrevino de que al chico le pasaba algún percance y que por lo tanto debía ir en su busca; como al principio, creyéndose presa de alucinación pasajera, trató de desechar la idea, pero que por fin se resolvió a escuchar el aviso. También refirió que, sin darse cuenta de ello, se había dirigido derechamente a la peña en vez de tomar por otro camino, y que al descubrir el paraje, halló a su hijo caído contra una roca, viendo que arrodillado junto a él estaba el más hermoso niño que hasta entonces imaginara, todo vestido de blanco, resplandeciente como un sol, con mejillas de rosa, ojos negros y sonrisa de ángel. Que en aquel punto había desaparecido súbitamente el niño, dejándola por de pronto sin saber que pensar; pero que luego conoció quien era y cayó de rodillas dando gracias a Dios por haberle enviado un ángel en socorro de su pobre hijo. Prosiguió relatando cómo al levantarlo para llevárselo a casa, quiso quitarle el pañuelo que le vendaba la pierna; pero él no lo consintió en manera alguna, diciendo que el mismo ángel se lo había vendado. También contó que poco después de llegar a casa había declarado el cirujano que de desatar la venda hubiera muerto el niño sin remedio.»después repitió las manifestaciones del herido, asegurando que en el momento de acercársele el ángel (presumía que era un ángel porque desde la cima de la peña no había visto a nadie en media milla a la redonda, aunque no podía comprender por que no tenía alas ni por que le había dicho que solo era un niño) le había levantado de la peña y vendándole la pierna, diciéndole entonces que estuviera tranquilo, porque ya habían ido a avisar a su madre, que llegaría sin tardanza; de como le había besado prodigándole consuelos, y como su blanda y tibia manecita le sostuvo durante todo aquel rato, mientras le contaba hermosas y maravillosas narraciones de las que tan solo podía recordar que eran muy conmovedoras, porque casi se olvidó de que estaba herido hasta la llegada de su madre; como entonces el ángel le prometió que pronto volverían a verse, y sonriendo y estrechándole la mano desapareció instantáneamente.»desde aquel día se inició una enérgica reacción religiosa en la aldea. El párroco les dijo a sus feligreses que aquella prueba de la intervención de la Providencia divina era un aviso para que no se burlaran de las cosas santas y además una prueba de la verdad de las Sagradas Escrituras y de la religión cristiana. Nadie echó de ver, sin embargo, el extraño concepto que implicaba tan peregrina afirmación.»pero en el niño el efecto del suceso fue indudablemente provechoso, tanto moral como físicamente; pues según se sabe había sido hasta entonces muy aficionado a escapatorias atrevidas; pero ya conoce que su ángel puede acercársele en toda ocasión, y se guardará 14

15 muchísimo de decir o hacer cosa alguna deshonesta, vil o iracunda, por temor de que pudiese verle o oírle. Su mayor anhelo es de que llegue el día de contemplarlo otra vez, y presiente que su amable rostro será el primero con quien al morir se encuentre más allá del sepulcro». Verdaderamente es hermoso y patético caso. La moral inferida del suceso por los aldeanos y su párroco, tal vez no pueda servir de ejemplo; pero la evidencia de que existe algo más allá de este mundo físico, debe contribuir sin duda a que las gentes sean más buenas que malas, y sobre todo, contribuirá a ello la afirmación de la madre al asegurar que vio un ser real y verdadero, aunque de tener más sólidos conocimientos, tal vez se hubiera expresado de distinto modo. Un interesante pormenor, descubierto después en sus investigaciones por el autor de la carta, da luz sobre los motivos del suceso. Supo que los dos niños habían vivido en la tierra, algunos miles de años antes, siendo el despeñado esclavo del otro, y que como aquel salvara en cierta ocasión la vida de su amo con riesgo de la propia, le había concedido la libertad en recompensa; y que ahora, al cabo de luengos siglos, el dueño no solo satisfacía la deuda cumplidamente, sino que infundía en su antiguo esclavo un elevado concepto de la vida y un estímulo a la moralidad de conducta que de fijo había de alterar favorablemente el proceso de su futura evolución. Tan verdad es que no hay obra buena sin recompensa en el karma, aunque pueda parecer tardía en su acción. Aunque los molinos de Dios muelan lentamente, todavía muelen demasiado poco; pues aunque con paciencia esperen, exactamente lo muelen todo. CAPÍTULO VIII Historia de un incendio Otra labor realizada por el mismo niño Cirilo ofrece casi exacto parecido con el caso ya relatado en las primeras páginas de este libro. Cirilo y su amigo mayor iban una noche en prosecución de su acostumbrada tarea, cuando vislumbraron la lívida claridad de un violento incendio y prontamente se interrogaron si podrían prestar algún auxilio. Una gran hostería estaba ardiendo; una vasta construcción rectangular levantada a orillas de un extenso lago. Tenía el edificio muchos pisos y por tres lados de su fachada daba a un jardín, mientras que el cuarto miraba al lago. Las dos alas extendíanse derechamente hacia éste, y la fila más alta de ventanas casi proyectaban sobre el agua, dejando sólo un estrecho alero bajo ellas a uno y otro lado. El frente y las alas tenían escaleras interiores, con los correspondientes huecos para los ascensores, de modo que una vez declarado el incendio se extendió con increíble rapidez, y antes de que nuestros amigos lo percibieran desde el plano astral, ardían ya los pisos intermedios de los tres cuerpos del edificio. Afortunadamente todos los moradores, menos un niño de pocos años estaban en salvo, aunque algunos de ellos con muy graves quemaduras y contusiones. El pobre niño quedó olvidado en una de las estancias superiores del ala izquierda, porque sus padres se habían ido al baile y, naturalmente, nadie se acordó de él hasta última hora. El fuego era tan terrible en el piso medianero de aquella ala, que nada podía hacerse aunque alguien se hubiese acordado del niño, cuyo dormitorio daba al jardín y estaba ya aislado por el fuego. Además, el niño no se dio cuenta del peligro, a causa de 15

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